Con Sócrates la areté, ese concepto insoslayable cuando de la educación del
hombre se trata, esa excelencia de la naturaleza, va adquiriendo poco a poco el
sentido de virtud ética, del bien en el obrar humano, que predomina hoy en día,
pero sin olvidar que el fin de esa perfección en el obrar es la perfección del
ser.
Estamos ante el hombre virtuoso. Tal es el fin de la educación para
Sócrates, quien hace de la virtud, siempre, el contenido de la educación. De
donde se sigue que la virtud es un saber [por consiguiente, quien falta lo hace
por ignorancia, y no se estaría ante una maldad sino ante un error], una
ciencia y, como tal, susceptible de ser enseñada, si bien Sócrates no participa
del optimismo y de la suficiencia de algunos o muchos sofistas; no basta con
la enseñanza, se requieren condiciones naturales en el educando para el buen
fruto de la labor educativa.
El hombre a quien se dirige, siendo griego, nunca puede ser considerado
sólo en sí mismo, sino también como miembro de la pólis. Este carácter deberá
ser tomado en cuenta en su educación, y deberá ser virtuoso no sólo a título
individual sino también en cuanto ciudadano.
En momentos de tantos avatares políticos y de gobiernos que se sucedían
entre luchas intestinas, y en medio del relativismo y el oportunismo exitista
preconizado por los sofistas, cuando la ley, la justicia y la virtud externas
se hallaban seriamente afectadas en su existencia, es cuando Sócrates las salva
interiorizándolas, dándoles convicción y vigencia en el interior del hombre.

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