El ciudadano debía conocer las leyes de la ciudad, que codificaban por una
parte los derechos de la pólis como aquello común que todos poseían y a la que
todos pertenecían -la patria-, y por otra parte los derechos de sus habitantes,
cuya libertad y bienestar debían garantizar. Debía no sólo conocerlas, sino
también obedecerlas: solamente así era "justo".
Pero como esta justicia cuyo cumplimiento hace del hombre un ciudadano
perfecto está en función de las leyes de la pólis, es tarea de cada estado
velar por la formación de un tipo de hombre determinado, específico, propio de
dicha ciudad, marcado con su sello. La ley se presenta como la norma educativa,
siendo el estado el educador.
En general, la educación, concebida como formación integral, sigue siendo
-de hecho al menos- privilegio de los aristócratas, o de los ciudadanos más
pudientes, que disponen del tiempo y del ocio necesarios para dedicárselos (en
el caso de los jóvenes y de los adultos), y que valoran su eficacia en la
formación del niño (en el caso de los padres con respecto a sus hijos).
Prevalece en este ámbito el viejo ideal de la kalokagathía, de lo bello y lo
bueno, digno de ser admirado e imitado: el modelo, el paradigma. En este ideal
perviven elementos de la antigua concepción homérica, pero el tiempo no ha
transcurrido en vano, y el contexto da otro contenido a los mismos términos.
El ciudadano perfecto supone un espíritu cultivado en un cuerpo
desarrollado: estamos a un paso del "sabio", paradigma de los tiempos
venideros.

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