La ciudad estado ha ido cambiando poco a poco la concepción de sí misma, de
su forma de vida y de su gobierno. De la primitiva dilatada región, no
demasiado populosa ni delimitada con claridad, gobernada por unos pocos según
las normas y pautas de la tradición aristocrática, ha pasado a una zona en la
que se distingue lo urbano de lo rural, con una población que es
alternativamente numerosa o diezmada -según la suerte de las guerras-, con una
activa participación de los habitantes los ciudadanos en las deliberaciones y
las decisiones que hacen a la vida individual y pública, a los destinos de la
pólis, a la relación con los otros estados helénicos o extranjeros, a la
religión, a la cultura, a las finanzas: en una palabra, al gobierno de la
ciudad o estado.
El ciudadano debía conocer las leyes de la ciudad, que codificaban por una
parte los derechos de la pólis como aquello común que todos poseían y a la que
todos pertenecían -la patria-, y por otra parte los derechos de sus habitantes,
cuya libertad y bienestar debían garantizar. Debía no sólo conocerlas, sino
también obedecerlas: solamente así era "justo".
Pero como esta justicia cuyo cumplimiento hace del hombre un ciudadano
perfecto está en función de las leyes de la pólis, es tarea de cada estado
velar por la formación de un tipo de hombre determinado, específico, propio de
dicha ciudad, marcado con su sello. La ley se presenta como la norma educativa,
siendo el estado el educador.
En general, la educación, concebida como formación integral, sigue siendo
-de hecho al menos- privilegio de los aristócratas, o de los ciudadanos más
pudientes, que disponen del tiempo y del ocio necesarios para dedicárselos (en
el caso de los jóvenes y de los adultos), y que valoran su eficacia en la
formación del niño (en el caso de los padres con respecto a sus hijos).
Prevalece en este ámbito el viejo ideal de la kalokagathía, de lo bello y lo
bueno, digno de ser admirado e imitado: el modelo, el paradigma. En este ideal
perviven elementos de la antigua concepción homérica, pero el tiempo no ha
transcurrido en vano, y el contexto da otro contenido a los mismos términos.
El ciudadano perfecto supone un espíritu cultivado en un cuerpo
desarrollado: estamos a un paso del "sabio", paradigma de los tiempos
venideros.